No soy de andar diciendo piropos a las mujeres en
la calle. Me parece invasivo. Prefiero mirarlas disimuladamente, seguirlas con
la mirada, recorrer su cuerpo, pliegues y detalles. Y si ellas se dan cuenta, quitar
la vista cortésmente, para que no se incomoden.
Pero una vez hice una excepción. Una a vez iba en
el Metro, adelante mío, una muchacha morena con un short ajustado y una polera
cortita. No usaba sostén. Era un poco gordita y tenía las patitas gruesas y
cortas, como un mono de taca taca. Además tenía un tribal donde termina la
espalda. “Si el Metro frenara yo me caería encima de ella”, pensé. “Sería
rico”, me dije.
Me acerqué a ella y le dije al oído. “No soy mago,
pero me gustaría partirte en dos”. Ella
se giró hacia donde yo estaba, y tímidamente dibujó una sonrisa. Tenía los ojos
rasgados de un café intenso y los labios muy gruesos, pintados de rojo oscuro.
Tendría unos 20 años. Andaba con una carpeta donde seguramente llevaba su
currículum. Se notaba que andaba buscando trabajo, de secretaria o en un call
center, pensé.
“La verdad, más que mago me gustaría ser cebolla”,
le dije. “¿Para qué?”, preguntó ella intrigada. “Para estar dentro de tu
empanada”, le lancé. Y para finalizar, me despedí: “Adiós corazón de melón, te
espero en la cama sin pantalón”. En ese
momento, la muchacha se puso seria y mirándome fijamente a los ojos, me habló:
“Señor, yo soy una muchacha muy humilde, y además tengo la autoestima muy baja.
Mi padre está sin trabajo, mi madre nos dejó cuando yo sólo tenía cuatro años,
y mi hermano era apenas un lactante. Mi padre ya está viejo, y nadie le da
empleo. Yo estaba estudiando en la universidad la carrera de contador auditor,
pero tuve que dejarla porque no tenía para pagar, ni siquiera tenía ropa para
ir a clases, por eso es que ando sin sostén, como usted se habrá dado cuenta.
No es de provocativa, es que no tengo ropa interior, señor. Por eso, le
agradezco tanto lo que usted me ha dicho hoy. Usted no me quiso robar, ni me insultó,
ni me pegó. Sólo me piropeó, usted me subió el ánimo, señor. Muchas gracias por
eso, señor. Usted me alegró el día”.
Se acercó y me dio un suave beso en la mejilla. El
Metro abrió sus puertas y ella se perdió entre la multitud.
Nunca más supe de ella. Hasta ayer, cuando, oh,
sorpresa mayúscula, recibí en mi correo personal el siguiente mail: “Señor, no
sé si me recordará, yo lo conocí a usted en el Metro hace ya muchos años. Nunca
olvidé lo buena onda que fue usted conmigo esa vez. Nunca olvidé su cara, sé
que ahora sale por televisión, por eso me atrevo a escribirle hoy. Sólo quiero
decirle que gracias a lo que usted me dijo hace años -sus piropos, quizá ni
siquiera se acuerda-, yo ahora tengo la autoestima alta. Ese mismo día que nos
conocimos encontré trabajo, y a los pocos meses volví a estudiar. Hoy soy
contadora auditora, soy una mujer muy segura, independiente, tengo mi propia
empresa, y tengo éxito. Estoy por cumplir 35 años, ya no me piropean como
antes, pero soy feliz. Y en gran parte es gracias a usted, señor. Le mando un
abrazo, y perdone por quitarle parte de su tiempo.
Se despide, la muchacha del Metro.
Pd: Pasaron los años y me acostumbré a no usar
sostén”.
MORALEJA: muchos piropos son bonitos, dichos con
respeto, y buen humor, lejos de ser malos, alegran a las personas e incluso las
ayudan.
Las opiniones expresadas aquí no son
responsabilidad de Tejemedios.
Para Tejemedios escribió:
FELIPE AVELLO
Periodista y comediante chistoso
Panelista de “intrusos” y “así somos”