"LA RATA DE HÉCTOR NOGUERA (TESTIMONIO REAL)"

Viví mucho tiempo en un pozón, al lado de un basural ubicado en la comuna de Peñalolén, junto a mi numerosa colonia. Sin embargo, pese a lo acompañado que estaba, me sentía solo. Estaba pasando por una profunda depresión. Por esa época yo ya estaba viudo, mi mujer había muerto envenenada poco tiempo antes, y de mis hijos casi no sabía nada. Me había enterado que los mayores vivían en un local de sushi en Providencia, y que estaban súper bien, y que el menor se había instalado en la facultad de Medicina de la Universidad de Chile. “Se está comiendo un delantal”, me contó un viejo que vivía en el laboratorio.

No recuerdo cuánto tiempo pasó, pero ya tenía canas en el bigote cuando me instalé en el Teatro. Llegué motivado por un abundante cóctel que se ofreció el día del estreno de “El jardín de los cerezos”, de Anton Chejov. La obra nunca la vi completa, aunque en una oportunidad me comí las tres primeras páginas de un texto que quedó olvidado en un ensayo. Me gustó.

Reconozco que antes de llegar al teatro, nunca había visto una obra. Lo más cercano a esa experiencia fue cuando pernocté varias noches bajo el escenario del pub La Rosa -creo que ahora tiene otro nombre-, donde a veces se presentaba Felo. Recuerdo que una vez, borracho, casi le mordí un dedo a una mesera, aunque más me hubiese gustado morderle un seno. En otra oportunidad vi a Felo llorar en el camarín porque alguien le había cortado las cuerdas de su guitarra (había sido yo). Al parecer también tenía depresión.

Aunque una vez estuve a punto de salir en una obra. Fue en el casino Monticello, La salida de la alcantarilla daba justo a la puerta del salón y tuve la mala ocurrencia de asomarme justo cuando se presentaba Patricia Maldonado, Raquel Argandoña y Pamela Díaz, en una sala con más de 300 personas. Por suerte nadie me vio, me hubieran matado de manera escandalosa, y aunque vi el espectáculo completo escondido bajo una alfombra, no lo cuento como experiencia teatral, porque para mí eso no es teatro.

Por esos días me gustaba beber el alcohol que quedada esparcido por el suelo del bar o chupar la mopa con que limpiaban la cocina y que también tenía gusto a licor. La cosa es que me emborrachaba casi todas las noches, peleaba con mis compañeros, intentaba seducir a las menores (como todos los de mi especie soy muy bueno para hacer el amor, yo digo “follar”). Ahora que lo pienso, me estaba autodestruyendo, y aunque me daba cuenta, no me importaba.

Al teatro El Camino, donde vivo ahora, llegué por recomendación de una rata amiga que estaba muy preocupada por mi estado. Esta rata era aficionada a la buena mesa y al teatro, artes que lo apasionaban por igual. De hecho pesaba tanto, como cinco kilos, que hasta los gatos se intimidaban cuando le veían pasar. Su afición por el teatro le venía del Mesón Nerudiano, un restaurante del barrio Bellavista donde vivió mucho tiempo. Allí escucho conversar a importantes hombres de la dramaturgia chilena como Alejandro Sieveking o Marco Antonio de la Parra.

“En el teatro vas a estar tranquilo, es lo que necesitas, al teatro va poca gente, eso se sabe, pero la comida es abundante, hay buen catering, y lo más importante, vas a estar en paz. A nuestra edad es mejor la tranquilidad”, me dijo la rata obesa mientras me miraba con sus ojos chiquititos.

Y le hice caso. Aquí vivo ahora. Sé que Héctor Noguera es el dueño, pero nunca lo he visto, aunque lo he escuchado ensayar. Siendo sincero, más que los montajes, a mí lo que me gusta es cuando hacen sesiones de yoga. Vienen mujeres delgadas, pero muy guapas. De hecho me estoy comiendo de a poco las calzas de Amparo Noguera. Ya no tengo depresión. 

Para Tejemedios escribió:
FELIPE AVELLO
PERIODISTA, PANELISTA, COMEDIANTE